Repartidores del Apocalipsis — Una Crónica Motorizada
- Carlos Arredondo
- 22 jun 2025
- 3 Min. de lectura

Por El Gato Insolente
Dicen que el fin del mundo llegará con fuego, plagas o meteoritos. Yo tengo otra teoría: llegará en moto, con casco, y con una caja de unicel amarrada con cinta canela.
No hay rincón de la ciudad que escape a la estampida de los nuevos jinetes del caos: los repartidores de comida rápida, paquetería exprés y flores con dedicatoria falsa. Son legión. Son ruidosos. Y se reproducen con cada tripa que ruge de hambre, cada pareja cursi y cada señora que no quiso salir por el azúcar.
Hoy, sin ir más lejos, me encontraba cruzando la calle cuando lo sentí: crack. Un sonido seco. Cortante. Inconfundible. No fue el cráneo de ningún político (aunque qué ilusión), sino mi cola. Mi sagrada, elegante y siempre erguida cola… aplastada por una Italika con calcomanías fluorescentes y conductor sin alma (ni seguro).
El repartidor ni frenó. Ni miró. Solo dejó atrás una estela de smog, insultos al aire y una caja medio abierta que chorreaba salsa. Y lo peor: los oficiales de tránsito, esos eternos floreros urbanos, lo vieron… y voltearon a otro lado. Estaban ocupados. Supongo que cazando unicornios o escribiendo su tesis sobre la transparencia en la burocracia.
Porque claro, ¿quién se atreve a detener a los nuevos amos del pavimento? Esos seres híbridos entre velocista y antisocial. Esos apóstoles de la velocidad sin límite, con sus mochilas cuadradas como tótems de un dios digital que les ordena: “Entrega en menos de 20 minutos o serás reemplazado por otro igual de explotado”.
La ciudad se ha convertido en su reino. Se mueven como enjambres, se estacionan donde quieren, insultan con la delicadeza de un taxista prehispánico, y reparten paquetes con la emoción de un carcelero entregando cartas de divorcio. Y si uno se atreve a cuestionarlos… cuidado. Porque el casco no solo sirve de protección, también se usa como arma. Y la cortesía murió en algún semáforo en rojo que nunca respetaron.
Son los heraldos del colapso moderno. Los heraldos del caos empacados en Uber Eats, Rappi, Didi, Amazon y cualquier aplicación que cree que "la experiencia del cliente" mejora si le prometen la pizza en 12 minutos aunque llegue como origami de pepperoni.
Pero no se equivoquen. Esto no es una crítica contra los trabajadores. Ellos también son víctimas. Víctimas de una maquinaria que los mide en entregas por hora y no en humanidad. Que los castiga con estrellitas y los premia con propinas fantasma. Que los obliga a arriesgar la vida —y la cola ajena, como la mía— por entregar un cargador a domicilio que costaba menos que el Uber que se negaron a pagar.
Lo que denuncio no es al motociclista hambriento de propina, sino al sistema que lo convierte en una criatura sin tiempo ni ley. Porque cuando las calles están dominadas por prisas que matan, por hambre digital y consumo exprés, todos —absolutamente todos— nos convertimos en obstáculos. En baches con nombre. En peatones con fecha de caducidad.
Y sí, ya sé. Me dirán que es el precio del progreso. Que así es la vida moderna. Que hay que adaptarse o morir atropellado. Pues bien: yo prefiero levantar la cola (ya curada) y decirlo claro:
Si el apocalipsis tiene forma, no será una explosión nuclear. Será una moto con caja mal amarrada, zigzagueando entre el tráfico, con una playlist de reguetón triste y una salsa derramada. Y el jinete, con el rostro cubierto por un visor polarizado, ni siquiera sabrá que acaba de pasarle encima al futuro.
Desde mi mesa de café, con dolor de cola y el alma ligeramente harta, brindo —con sarcasmo y algo de resignación— por esta nueva distopía sobre ruedas.
Salud.😼☕🏍️📦






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