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EL PATO BUCHON


🐱 Si parece pato…

Dicen los viejos y sabios refranes del abuelo Gato —esos que sobreviven a todos los regímenes crecidos y a todos los ánimos ponchados— que si parece pato, si camina como pato y si hace como pato… entonces es pato. No es zoología. Es simple sentido común resumido en letras.

Y hoy el corral político mexicano grazna con una histeria tan aguda que hasta los vidrios tiemblan. El grito unánime es casi infantil:

—¡No somos narcos! ¡No somos narco-régimen!

Lo repiten como letanía gastada, nacida de una pestilencia que arruga la nariz a kilómetros de distancia y empeora con la cercanía. Cada mañana una sorpresa nueva llega, como si la repetición del grito tuviera la virtud de lavar las plumas, como si la exhibición de un plumaje dorado pudiera demostrar penuria, sufrimiento y humildad.

Curioso.Porque nadie les pidió que se defendieran tan fuerte, tan cubiertos, escondidos detrás de un cuadro de arte, un cargo solemne o un discurso repetido hasta el cansancio. El pato honesto no necesita graznar su inocencia: simplemente nada limpio, en aguas transparentes, a la vista de todos, protegido sólo por la honestidad y la integridad.

El problema no es el insulto externo: el que viene de fuera, de la noticia internacional, del señalamiento público o del acusador naranja del norte.El problema es el espejo, cubierto por un velo para sus propios ojos, pero completamente visible para los demás.

Cuando un gobierno administra sus ingresos en penumbra; cuando la transparencia se convierte en trámite y no en acto moral; cuando los números nunca cuadran pero los relojes sí brillan; cuando se mastican abusos con refinamiento y se lucen extravagancias en vitrinas translúcidas, conectadas a una soberbia trasnochada… algo empieza a oler. Y no precisamente a lago fresco.

Viajes de lujo, ropa de diseñador, propiedades que brotan como hongos después de la lluvia, gastos que no encuentran respaldo en los sueldos oficiales. Todo aparece en esas vitrinas de cristal: iluminado, amplificado entre altavoces, luces de colores y música estridente, magnificando el contraste entre el discurso austero y una realidad bizarra envuelta en dorados y cristales.

No son pruebas judiciales —eso le toca a los tribunales—, pero sí son señales sociales.Y las señales, cuando se acumulan, construyen narrativas incómodas.Narrativas peligrosas.

Porque el pato no sólo grazna: camina y deja huellas en el lodo.

Negar no basta. Gritar no basta. Esconder la mano no basta cuando la conducta contradice al discurso. Negar no borra los huevos de oro exhibidos con orgullo, ni las estrafalarias plumas lustrosas, capas y sombreros de mago que no nacen de salarios modestos. Los lujos aparecen, como trucos mal disimulados, debajo de la manga. Negar tampoco apaga las bengalas que ellos mismos encienden con cada ostentación innecesaria.

Y mientras tanto, al norte, el vecino incómodo —ese que siempre busca pretexto, siempre mira con lupa, siempre huele sangre política— afila sus argumentos. No necesita inventar demasiado cuando el espectáculo se sirve solo.

El intervencionismo no nace de la nada: se alimenta de excusas, de contradicciones, de puertas abiertas por la torpeza del riquillo nuevo. Se construye cuando un poder interno juega a la opacidad y luego se disfraza de ofendido, de indignado, porque alguien se atreve a señalar las sombras.

La paradoja es deliciosa, casi tragicómica:se quejan de que los llamen pato…mientras caminan como pato, graznan como pato y presumen su plumaje como pato de concurso, envueltos en blindajes y guaruras privados.

El problema no es que alguien los observe.El problema es que el vidrio es transparente.

Y el Gato, que no nada ni grazna, sólo observa desde el tejado y se pregunta con ironía felina:

Si tanto les molesta que los miren con lupa,¿por qué siguen exhibiendo sus huevos de oro bajo reflectores?

Quizá no temen al juicio externo.Quizá sólo practican un cinismo desacomplejado.Quizá arrastran viejos traumas convertidos en paranoia.

Porque cuando el grito es tan desesperado, tan chillón, tan nervioso…no suele ser por dignidad.Suele ser por miedo.

Y el miedo, como el pato, siempre deja huellas en el barro.

El Gato no acusa.El Gato sólo observa.

Y desde el tejado deja un consejo doméstico, casi de vecindario:si no quieren que los confundan con pato, quizá convendría subirle al discurso… y bajarle al exhibicionismo.Menos vitrinas. Menos reflectores. Menos plumas de carnaval.Más coherencia. Más sobriedad. Más silencio inteligente.

Porque el espejo no ataca.Sólo devuelve lo que uno decide mostrar.

🐱

 
 
 

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